Recursos - El Corbacho

SOURCE: http://www.canalsocial.com/cultura/literatura/arciprestedetalavera.htm

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Alfonso Martínez de Toledo, Arcipreste de Talavera

Vida y obra. Su lugar de nacimiento lo deducimos de las palabras contenidas al final de la Vida de S. Ildelonso. Dirigiéndose al Santo dice: «O cibdadano del cielo enperial llefonso de toledo natural ruega a lesu Christo eternas, por mi Alfon aunque no tal, porque naszi peccador donde tu fueste señor». También sabemos la fecha de su nacimiento por el encabezamiento del códice escurialense que contiene el Corbacho, «Libro compuesto por Alfonso Martínez de Toledo, Arcipreste de Talavera, en hedat suya de quarenta annos, acabado a quince de Margo, anno del Nascimiento de Nuestro Salvador Ihesu Xº de Mil e quatrocientos e treyta e ocho años». Era toledano y n. en 1398. Desconocemos la fecha de su muerte, pero por una escritura deducimos su existencia aún en 1466. Es el prosista mejor dotado del s. XV y su influencia será decisiva para el desarrollo de la literatura novelesca posterior. Deducimos de sus obras que viajó por los distintos reinos peninsulares. Residió algunos años en Aragón y Cataluña; concretamente vivió en Barcelona por lo menos durante dos años. Aquí entró en contacto con la literatura catalana que dejaría alguna huella en sus libros y sabemos que, entre sus distintos oficios, ejerció el de bachiller de decretos, capellán del rey de Castilla, arcipreste de Talavera, capellán de Reyes Viejos en la catedral toledana y racionero de la misma. Fue un apasionado bibliófilo. Debió ser hombre abierto a todas las culturas e impuesto y versado en las literaturas italiana, castellana, catalana y latino eclesiástica.

Su producción original no es muy extensa, pero sí Curiosa e interesante. Escribió el Corbacho o Reprobación del amor mundano (1438), novela de costumbres populares llena de ingenio y de vida y la mejor obra en prosa del s. XV, aparte de La Celestina. Fue autor de una compilación histórica, Atalaya de las crónicas, muy interesante por la cantidad de noticias acumuladas al margen de lo histórico, y de dos biografías piadosas, las Vida de S. Ildefonso y Vida de S. Isidoro, consideradas como estudios patrísticos y escritas con evidente intención reformadora. Completó su labor personal con traducciones de obras de sus biografiados. En los manuscritos del A. de T. conservamos la traducción del Libro de la Oración, de las Cartas de S. Isidoro, y Libro de la perdurable virginidad de Santa María, cuyo autor fue S. Ildefonso. Podemos afirmar sin lugar a dudas que el A. de T. conoció a su pariente literario el Arcipreste de Hita, que manejó el Libro de las donas y la Vida de Cristo del catalán F. Eiximenis y que estuvo impuesto en las obras satíricas de Boccaccio, en las latinas de Petrarca, en los sermones de Gerson y en las colecciones de cuentos más conocidas, Calila e Dimna, Sendebar y Disciplina clericalis. Todas estas posibles fuentes y lecturas no empañan en nada la originalidad del autor, sino que, al contrario, nos dan la exacta dimensión del artista que supo armonizar tanta obra culta con un jugoso diálogo costumbrista a la manera del habla toledana.

El «Corbacho». La prosa castellana hasta la aparición del Corbacho había sufrido un vertiginoso descenso en manos de escritores pedagogos, de moralistas de segundo orden o de aficionados. Se había olvidado el auténtico venero de la lengua, el habla del pueblo, las vivas expresiones castizas que antaño recorrieron los cuentos del Infante Juan Manuel y animaron el chispeante ingenio de los versos de J. Ruiz. La rehabilitación de esa lengua popular le cupo en suertes al A. de T. Nadie mejor que Menéndez Pelayo ha destacado el acierto del A. de T. al reanudar la tradición interrumpida, «la lengua desarticulada y familiar, la lengua elíptica, expresiva y donairoso, la lengua de la conversación, la de la plaza y el mercado, entró por primera vez en el arte con una bizarría, con un desgarro, con una libertad de giros y movimientos que anuncian la proximidad del grande arte realista español» (Orígenes de la novela, 1, Madrid 1943, 175). No fue sólo éste el único acierto del A. de T. Hay una perfecta armonía entre lengua, tipos e intención. El prosista se propuso ante todo escribir un tratado de moral no al estilo de los sermonarios pedantes y sosos, sino lleno de vida, y por la índole de su intención, era muy fácil caer en el tópico manido de tantos moralistas de pacotilla como se prodigaron en aquel tiempo. Su éxito estriba en haber sabido dosificar la enseñanza moral con el animado cuadro de costumbres y así paliar un poco el tono entre severo y desenfadado al que apunta el subtítulo de su tratado.

Contribuye también a su éxito la galería de tipos populares tan sabiamente extraídos de la realidad cotidiana. Las escenas semihumoristas de patio o corralón que hicieron las delicias de los sainetes, encontraron aquí amplio escenario. Ni siquiera Ramón de la Cruz supo sacar tanto partido de las animadas peleas de vecindad. Recordemos las airadas invectivas de una comadre que busca a su gallina: «¿Quién me la furtó? Furtada sea su vida. ¿Quién menos me fizo della? Menos se le tornen los días de la vida. Mala landre, dolor de costado, rabia mortal comiese con ella, nunca otra coma; comida mala comiese, amén. ¡Ay, gallina mía, tan rubia! ».

La obra no se limita a estas escenas de la vida diaria, sino que el A. de T. recurre a los cuentos para ejemplificar y exponer a la pública vergüenza las malas artes de las mujeres. No son las fabulitas el fuerte del escritor, carecen de la garra de las de don Juan Manuel, son demasiado esquemáticas; pero son útiles a su propósito. Los dos últimos capítulos del libro están dedicados a las «complisiones de los hombres», al varón como amador y ser amado. Aunque menos vigorosos que los retratos femeninos, podemos salvar alguna estampa satírica digna de sus mejores momentos. Nadie conoció a las mujeres como el A. de T., nadie como él recurrió a las sentencias y refranes dichos con gracejo y oportunidad, y, sin embargo, pese a poner al descubierto las trapacerías del loco amor, no se le puede tildar de antifeminista. Sigue una corriente de época y, más que una sátira despiadada del sexo femenino, su obra fue un antídoto contra las extravagancias del amor alegre y mundano. No hay mejor título para el A. de T. que el de que su abigarrada galería humana, su prosa y su arte informarán una tradición literaria continuada en La Celestina y llevada a una suprema expresión artística en El Quijote.

BIBL.: ARCIPRESTE DE TALAVERA, Corbacho o Reprobación del amor mundano, cd. M. DE RIQUER, Barcelona 1949; íD, Vidas de San Ildefonso y San Isidoro, ed. l. MADOZ, Madrid 1952; M. MENÉNDEZ PELAYO, orígenes de la novela, I, Madrid 1943; A. STEIGER, Contribución al estudio del vocabulario del «Corbacho», «Bol. Real Acad. Española» (1922-23) IX, 503-525; X, 26-54, 158-1881 275-293.

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